Hay toreros que pasan por Madrid. Y hay otros, como Antonio Ferrera, que se quedan a vivir en la memoria de Plaza de Toros de Las Ventas a base de verdad.
Este Domingo de Ramos, 29 de marzo, Ferrera vuelve a hacer el paseíllo en el coso venteño, acompañado por Isaac Fonseca y Cristian Pérez —que confirmará alternativa— frente a un encierro de Dolores Aguirre. No es una tarde más. Nunca lo es cuando se trata de Madrid. Y menos cuando comparece un torero que ha hecho del compromiso su bandera.
Cerca de cumplir tres décadas de alternativa, Ferrera no necesita presentación, pero sí contexto. Porque lo suyo no es solo longevidad, es coherencia. Ha construido una carrera enfrentándose a todo: ganaderías duras, carteles incómodos, tardes sin red. Y en ese ejercicio constante de exposición, Madrid ha sido juez y testigo.
Su relación con Las Ventas está marcada por episodios de peso. Desde la rotundidad de 2019 —cuando abrió la Puerta Grande tras una encerrona de máxima exigencia y firmó una de esas tardes de tres orejas que no se olvidan— hasta gestos más recientes, como la oreja cortada en 2024 a un toro de Cuadri o su firmeza ante hierros como Adolfo Martín o Valdellán. Madrid no regala nada, y Ferrera lo sabe. Por eso vuelve.
Lo verdaderamente relevante no es cuántas veces ha venido, sino cómo lo ha hecho. Sin elegir, sin medir, sin especular. Ferrera no administra su carrera: la expone. Y ahí radica su valor en un momento donde la tauromaquia exige autenticidad.
Este 2026 marcará además una nueva hoja en su historia con Madrid, con tres comparecencias ya anunciadas, incluidas dos en San Isidro ante ganaderías de máxima dureza. No es casualidad. Es consecuencia.
Ferrera no viene a cumplir. Viene a sostener una idea del toreo que resiste el paso del tiempo: la del torero que se juega el sitio cada tarde. Y en Madrid, eso —todavía— importa.








